Orizaba, S. XIX




Y como ahora me dedico a los placeres, una hora diaria me siento con un cuaderno y una pluma y hago una copia manuscrita. Adoro escribir con mi letra Palmer, como me enseñaron las monjas y mi abuelita. Así que tomé el libro de un viajero del Siglo XIX (1895) que no está traducido al español y traduje lo que corresponde a Orizaba, está muy divertido y habla de unas raras costumbres de la ciudad:

P. 28.
8 de diciembre: Estoy en Orizaba desde anoche: en esta villa, mi corazón recuerda los bellos actos patrióticos de nuestro ejército durante la campaña de 1867, el heroísmo del regimiento francés que se cubrió de gloria, la noche del 13 de julio. Mi espíritu recordó a nuestros valientes soldados, cruzando y marchando en estas regiones con paludismo, pantanos, fiebres, subiendo las colinas, escalando los desfiladeros para llegar extenuados frente a un enemigo mucho más numeroso, teniendo la energía para combatirlo y obtener la gloria de vencerlo. Honor a los soldados de la Francia que duermen su último sueño en el sonriente y fértil valle de Orizaba.

Encuentro aquí las mismas casas distribuidas como en Xalapa, sólo que aquí son derechas. Los techos forman refugios a lo largo de las calles, entre las puertas de las bellas casas que son de una sola planta, a través de ellas grandes patios muy ventilados y llenos de flores y plantas;

P. 129.
Algunas jóvenes se balancean sobre mecedoras, librándose a la dulzura du “Fairniente” (ocio), que ocupa la mayoría de su tiempo en la educación mexicana, sólo el viento y el polvo, atacan de tiempo en tiempo. Orizaba me deja una impresión muy agradable. Desde mi venta, mi vista recorre una parte de la ciudad y sobre los plantíos de caña de azúcar, en donde el verdor a la vez claro y brillante, contrasta con las laderas sombrías de las montañas que circundan el valle; atrás de mí a la derecha se levanta majestoso y blanquecino el Pico de Orizaba. El aire es transparente y fresco en este momento; el viento que me saludó a mi llegada ha cesado, y la temperatura es como la de México; aquí no sentimos el aire rarificado como en las altas planicies del centro de México.

Después de la cena, voy a pasear por la ciudad brillantemente alumbrada por la electricidad. Sobre la gran plaza hay una carpa enorme abierta por los lados y dentro una multitud: en el centro, una música, al fondo, un estrado ocupado por personas vestidas de negro. El público sentado en bancos, frente a tablas muy largas y delgadas. ¿Qué hacen todos esos indios y gente de grandes sombreros? Empleados del comercio, mujeres, jóvenes de ambos sexos, familias enteras que ponen granos de maíz sobre cartones

P. 130
fijos sobre las mesas delante de ellos. De repente oigo un grito poderoso emitido por una voz al filo del estertor: “33, los dos jorobados”, en español desde luego.

Es la lotería, una vulgar lotería: hay 20 tablas con cuarenta cartones finos sobre ellas. Y toda la ciudad viene en la noche a jugarla. Este juego es promovido por el municipio, que de esta manera incrementa sus ganancias sin hacer gritar a nadie.

El mecanismo de este extraño impuesto es el siguiente: Cada cartón cuenta 10 centavos (cincuenta céntimos) del total de lo reunido el municipio toma el 40% y el resto es dado al jugador que es el primero en hacer una línea sobre su cartón, ya sea horizontal o transversal. Hay más o menos 300 jugadores en cada partida; a 10 centavos son más o menos 150 francos: sobre esta suma 60 francos se le quedan a la ciudad y 40 al ganador. Se llegan a hacer en promedio de 60 a 70 partidas cada noche lo que da un beneficio de 3800 francos por noche. En dos meses el municipio obtiene la suma necesaria. Esto es muy simple y de una práctica admirable. Los vigilantes dirigen cada una de las mesas para verificar las quinielas. Esta lotería solo dura dos meses por año.
        
Nada es más divertido que ver los granos de maíz ser acomodados por unas manos inquietas sobre los cartones. Nadie habla pues impediría escuchar los números. Algunas personas toman dos o tres cartones. Es de admirar

P.131.
la felicidad que manifiesta el vencedor. Sin embargo, un indio, se queda impasible, abre su pequeña bolsa en donde tiene el dinero, cuenta lo ganado y lo guarda sin decir una palabra y continúa jugando.

Fui a jugar tres noches seguidas, uno de mis vecinos ganó y yo con una pena infinita sólo alinié tres granos de maíz sobre la misma línea.

Entre cada juego y juego la música tocaba y de esta manera daba consuelo a los 299 perdedores.

10 de Diciembre. Entré a la catedral ya que las puertas abiertas me invitaban a pasar. La iglesia estaba a  reventar; son las cinco de la tarde y la iluminación se reduce a una sola lámpara sobre el asiento del padre que recita las letanías. Amo esta semioscuridad, pues se respira una atmósfera tranquila: eso calma el espíritu y nos encontramos aislados del mundo exterior; así podemos reflexionar. La monótona voz del vicario es la única que interrumpe el silencio del templo; el calla de tiempo en tiempo; entonces se elevan las voces harmoniosas de las mujeres acompañadas de algunos instrumentos de cuerda y del órgano, pareciera que se acompañaran de sordinas, de tanto que la resonancia es dulce… de pronto, bruscamente, estalla en la iglesia un ruido infernal, espantoso, estridente como si miles de sierras contaran la piedra, son silbidos agudos y prolongados; la nave se llena de un ruido capaz de ensordecernos, repercute y se multiplica en las elevadas bóvedas. ¡Estúpidamente me levanto! Pero nadie se mueve, y me vuelvo a sentar, y al cabo de tres minutos el ruido cesa, el padre continúa acon sus letanías, las jóvenes

p. 132. Unen sus graciosas voces y retoman sus cantos, hasta el momento en que el  CHARIVARI (barullo relajo) ,recomienza. Y mi corazón se sobrecoge y hago el paseo por la iglesia. Descubro dentro de una capilla, atrás del altar, dentro del coro, un piano, un órgano, y los músicos, a las jóvenes que cantaban y aproximadamente 200 niños,  que bajo la dirección de un abad, soplan todo lo que pueden en unos raros instrumentos, así que, examino uno; es un pedazo de caña de azúcar tapado en sus dos extremidades, y en los cuales penetran tres pipetas de 5 a 8 centímetros de largo cada una; en una el pedazo de caña está  lleno de agua, por la segunda se sopla dentro del instrumento, y por la tercera, se regulariza el sonido apoyando el dedo. Además otros niños tenían silbatos de agua en metal. Es absolutamente una locura.

Uno de los padres al que le pregunté me dijo que es una tradición muy antigua y que solamente se lleva a cabo en Orizaba y en Morelia. Todavía recuerdo ese concierto de cañas de azúcar en Orizaba.

Al día siguiente me voy de esta ciudad con un viento del sur de tal violencia que es difícil de explicar.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Tejedores de Palmas

La tortuga triste