La tortuga triste
Hoy martes 7
de Abril de 2020.
Desde
mi Paraíso Occidental. Es decir mi
claustro de Correspondencia. Sigüenza y Góngora llamó así al Convento Real de
Jesús María en 1684. Pues bien, así me siento como una monja del siglo XVII y
lo disfruto; entre la clausura (no salgo de casa), la obediencia (obedezco las
recomendaciones para no contagiarme del covid19) y la castidad (Francis está
lejos desde hace un mes y no llegará hasta mayo). Del voto de pobreza, sin
comentarios (ese no se me da).
En fin esta es la segunda entrega que
titulé “La tortuga triste” ya verán porque:
La Semana Santa, en casa de mi abuela
se observaba al pie de la letra y empezaba el Viernes de Dolores con la frase:
“El Viernes de Dolores se despiden los amantes y el Sábado de Gloria, vuelven a
ser lo que eran antes”. Mi mamá la aprendió muy bien, pues nos corría, novios,
amigos y pretendientes, con tres hijas adolescentes (Rochy no cuenta porque era
muy pequeñita), debió haber sido un descanso para ella ver sola la casa.
Tampoco se oía música, y menos se veía televisión.
Regresando a la casa de mi abuelita
Sarita, pues no se oía música, con la televisión no había problema porque no
teníamos, se compró una hasta que yo tuve como doce o trece años. En fin.
Lunes, Martes y Miércoles, en la
mañana íbamos con ella, a la Catedral de Xalapa, Elvis y yo con nuestras
mantillas blancas (del uniforme del Motolinía), y ahí rezábamos el vía crucis,
me sé de memoria cada estación, esto era una liturgia personal de ella. A la
salida, pasábamos a la nevería Blanca Nieves, yo pedía: “Una nieve de limón” y
Viruchita, unas “tres Marías”. El miércoles después del vía crucis, íbamos a la
Pescadería Gándara a comprar el pescado para el jueves y Viernes Santos. Y ahí
ya podía morirme, realmente era el tormento: el primer lugar el olor, que
era insoportable, ¡guacatelas! Todavía
me acuerdo y me dan ganas de vomitar.
Arriba del mostrador había una pequeña
trabe donde colgaban las botellas vacías de vino que servían para contener el
aceite de caguama y que por tapón tenían un olote. A su lado había muchas
huevas de pescado. ¿Recuerdan como le gustaban a mi mamá? Solo las freía y con
su limoncito y chile piquín deliciosas.
Aquí hago un paréntesis: ¿Enna
recuerdas que tú las adoras? La última
vez que fuimos a comer al restaurante de Alvarado las pediste, y no cabe duda
de que ese gusto lo heredaste de tu nanita.
Regresando al mostrador de la
Pescadería Gándara: Mi abuela decidía hacer para el jueves (aunque no fuera
vigilia) caldo de pescado, lo compraba en trozos y después pedía una cabeza y
cola y ahí otro horror, un ESQUELETO DE PESCADO SÓLO CON CABEZA Y COLA, y en
medio envuelto en periódico para que no nos lastimaran las espinas y mi
abuelita nos decía: “Niñas lleven el pescado” una llevaba ese horrible fiambre y
la otra, una bolsa de estraza, en donde iba el pescado cortado, envuelto en
papel encerado.
Recuerdan que mi mamá nos hacía ese
caldo: era blanco y le ponía los trozos de pescado flotando, con gajos de
jitomate, cebolla rebanada en círculos, papas y harto epazote. Mmmm, Mmmm, me lo estoy saboreando.
Pero el horror de horrores eran una o dos tortugas,
como de un metro o un poco más chicas que estaban VIVAS Y VOLTEADAS sobre su
caparazón para inmovilizarlas. Era tan, conmovedor, pero tan triste, que
siempre acababa con lágrimas en los ojos. Me parece que esa era la peor
tristeza para mí durante la Semana Santa, no sabía que era peor si pensar en el
amor que le teníamos a ese hombre que
murió en la Cruz o ver la indefensión de esas criaturas.
En fin ese eran mi terrores de Semana Santa.
En la tarde en ese florido corredor,
oyendo los cantos de los canarios de mi abuela, terminábamos el día rezando el
rosario.
BESOS, LOS QUIERO MUCHO, DISFRUTEN SU
CLAUSTRO COMO YO DISFRUTO DEL MÍO.

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